Los aceites crudos son mezclas que contienen miles de moléculas diferentes. Debido a que estas mezclas complejas son difíciles de identificar químicamente, se clasifican, según el tipo de hidrocarburo predominante y su proceso de refinado en: parafínicos y nafténicos o aromáticos.

Los aceites nafténicos se obtienen directamente a partir de la refinación del petróleo crudo y están prácticamente libres de parafinas (contienen sólo un 45%). Esto se traduce en un flujo constante de temperaturas muy bajas, característica esencial en varias aplicaciones. Para obtener aceites nafténicos “grado refrigeración” ésos se deben someter a complejos tratamientos físicos y químicos tales como desparafinado, blanqueo, eliminación de azufre, tratamientos con ácidos y solventes, …

Los aceites parafínicos poseen un 75% de parafinas y sólo un 25% de nafténicos y aromáticos.

Hoy nos ocuparemos de los aceites blancos medicinales, dejando sus aplicaciones para el próximo número de este blog.

El aceite blanco se obtiene a partir de fracciones parafínicas de base mixta o nafténica, dependiendo del uso definitivo; el proceso se realiza por destilación al vacío, seguida de varios procesos de refinación, incluida una depuración final con regeneración catalítica. Su aplicación y uso se centran en productos que tienen contacto directo y obligado con el ser humano, por lo que debe ser atóxico, no manchar ni contaminar.

El aceite blanco de la más alta pureza, está libre de componentes no saturados: es incoloro debido a la naturaleza químicamente inerte de los hidrocarburos que contiene. Por otro lado, estos aceites son obtenidos con un proceso de hidrogenación tal que el contenido de aromáticos se reduce a valores menores de 0.1 %.

Los aceites blancos pueden ser de dos tipos: de uso técnico o industrial y de uso medicinal.

El aceite blanco medicinal es incoloro, inodoro e insípido y posee gran estabilidad química y térmica. Es una parafina líquida ligera y un excelente lubricante que presenta una buena adherencia y untuosidad.