Se utiliza cuando se necesitan temperaturas altas entre 200ºC y 400ºC y su control debe ser más preciso y estable de lo que permite el agua o el vapor.
Si se usara agua en forma de vapor a esa temperatura, habría una presión muy elevada con el consiguiente riesgo y un coste económico muy elevado en seguridades y medidas de seguridad.
El agua, por ejemplo, hierve a 100 °C (o más si está presurizada), mientras que el fluido térmico puede alcanzar temperaturas mucho más elevadas sin convertirse en vapor.




















